Hay veces que los cambios llegan regular y lentamente, como las gotas de suero en el brazo de un enfermo terminal.
Otras veces son una tromba, un alud que lo transforma todo, y que nos impide discurrir y mucho menos reaccionar ante sus consecuencias.
Mila entró en su dormitorio procurando no deteriorar aquel extraño paquete sin peso que le había entregado el descerebrado del jardinero en nombre de su padre. Por su ligereza, debía ser algo extremadamente frágil. Después de desenvolverlo con muchísimo cuidado, sólo tuvo en su mano una cajita blanca de cartón completamente vacía. En uno de los lados encontró la huella desvaída de un sello en el que aún se podía leer Residencia de Ancianos de Tomelloso. Parecía una de esas cajas que usaban en algunas instituciones para contener medicación evitando las marcas comerciales. Ni el paquete, ni el sello, ni la inscripción ni el pueblo tenían para ella significado alguno, así que la dejó sobre la mesita de noche y, prescindiendo de la presencia de los asistentes al velatorio, se durmió; sus pesadillas la aguardaban, impacientes.
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Algo pasaba en el patio, los mayores trajinaban de un lado para otro, Fear tenía el sueño ligero. En lo que tardó en llegar al garaje, un policía se había plantado en la puerta impidiendo la entrada a los miembros de la familia y el servicio. Lo que fuera, había ocurrido en el cuartucho del jardinero, que junto al trastero y al garaje, integraban la enorme nave de una planta situada a unos metros del caserón. La rodeó hasta llegar a la ventana de Evaristo y lo vio allí, allí mismo: le habían ensartado la cabeza entre los barrotes de la reja, dejándose las orejas en el transcurso de la maniobra. Parecía vivo, aunque inconsciente. Un policía intentaba sacarlo de allí y el otro le aconsejaba que esperara a los bomberos, que al parecer ya iban en camino.
Desde su posición, Fear podía ver el interior de la pobrísima vivienda del jardinero, suciedad, y un solo adorno en la pared clavado con cuatro chinchetas: la foto polaroid de un cementerio; se parecía a las ilustraciones que había visto en un libro del camposanto de Colliure, el lugar donde enterraron a Antonio Machado; era curioso que recordara el lugar, teniendo en cuenta el desprecio que sentía por los poemas de ese tipo.
Fear no sabía por qué, pero comprendió que tenía que hacerse con la fotografía.
Hay veces que los cambios nos llegan con la música atronadora de un pasacalles desfilando junto a nuestra casa.
Otras veces vienen dentro de una caja vacía.
© Biedma & Francis P.


