Blog de contracorrección irreflexiva sobre antiquehaceres parartísticos

jueves, 25 de febrero de 2010

Asfixia


ASFIXIA de Chuck Palahniuk
Editorial Mondadori



“Está claro, la peor mamada es mejor que, digamos, oler la mejor rosa o ver la mejor de las puestas de sol. Mejor que oír reír a los niños.”


Francis, querido, con los materiales provenientes de un fulano que se busca la vida fingiendo atragantamientos en restaurantes para sacarles los cuartos a los comensales que lo salvan con la maniobra de Heimlich, de la adicción sexual de ese mismo tipo, de las situaciones provocadas por su trabajo en un parque temático fundamentalista que representa la América colonial del siglo XVIII, de su madre ingresada en una absurda residencia geriátrica que apenas puede costear y de los recuerdos de las andanzas de ese mismo tipo y esa misma madre cuando se dedicaba a sabotear el sistema años atrás, Chuck Palahniuk construye una tragicomedia que a ratos es una novela fallida y la mayoría de las veces uno de los textos más imaginativos, afilados y auténticos -auténtico de barra de bar, de comentario de colega, de sentencia reprobatoria de académico estreñido- que he leído en los últimos tiempos.
Eso sí, tal vez el mensaje, o el regusto del mensaje sea un poco más que ambiguo. No lo sé.

“Y tal vez la cuestión no sea saber.
El sitio donde estamos ahora, unas ruinas a oscuras, y lo que construimos, podrían ser cualquier cosa”

domingo, 21 de febrero de 2010

PACIENTE CERO (II)


- Se acuestan -abre el detective médium.

- ¡Tiene quince años! -la cliente, menos alarmada que reflexiva.

- Se acuestan -cierra.

Su condición de médium es puramente accesoria; el detective privado la mira preguntándose como una mujer de su atrincherada casta socioeconómica se ha decantado por un profesional de tercera como él.

- Se acuestan -sentencia.

Y como sigue percibiendo la duda en los ojos de su cliente, gira el ordenador portátil para que pueda verificar en la pantalla como su hija Mila despieza con un cunnilingus a su profesora de sociales del que por su expresión tardará siglos en recuperarse.

La madre de Mila se embebe de las veintidós pulgadas de habitación sórdida, de adolescente viciosa y de profesora madura transportada, con más aspecto de iniciada que de iniciadora, pero no parece encontrar lo que busca, así que vuelve a girar el ordenador de cara al detective.

- Debería denunciarla a las autoridades -sugiere él.

- Debería apadrinar a un puto niño del tercer mundo, debería usar preservativos cuando me la meten los desconocidos, no debería haberles administrado anfetaminas a mis hijos para que no me molestaran por las noches, pero no siempre hago lo que debo.

El detective es consciente de que la gente contrata a la gente de su profesión no sólo para desentrañar enigmas sino para contar con alguien a quien insultar y humillar como desahogo ante los reveses de la vida; acepta esa parte de sus funciones con desapego y un punto de satisfacción masoca.

La mujer se pone de pie. Observa con asco la oficina como si no la hubiera visto antes. Se detiene en la mesa de camilla circular decorada con los caracteres de una tabla ouija que el dueño utiliza como escritorio. Recorre los cuadros de viejos cabalistas repartidos por las paredes en penumbra. Piensa.

- ¿Entonces...? -Él; tímidamente.

- Entonces recuerde que la masturbación produce ceguera, sobre todo en aquellos casos en los que nos sacan los ojos. Siga haciendo fotos hasta que yo le diga que pare.

© del texto: Biedma & Francis P.

domingo, 14 de febrero de 2010

El Hombre-Lobo: En manos del tópico


Hermano Biedma:

Para que te sitúes, te diré que la fecha de estreno para esta película protagonizada estelarmente por Benicio del Toro y Anthony Hopkins se ha venido posponiendo desde 2008. Y, la verdad, después de enfrentarme con ella creo entender perfectamente los motivos por los que productores y distribuidores la han montado y remontado hasta el aburrimiento y se lo han pensado tanto.

Ocurre que los buenos dineros que ha tenido que costar este proyecto –y que se ven corriendo por todas partes- le han dado a Joe Johnston para hacer una película muy estética, bonita, tal vez pictórica, que en ningún momento renuncia a su inspiración originaria: el clásico que Lon Chaney protagonizó para la Universal en la década de 1940. Incluso, para que quede bien clarito a los mitómanos, el prota, Benicio, se llama también Lawrence Talbot. Pero sucede también que la originalidad de la producción se reduce al mínimo esencial pues no faltan en el metraje de la cinta ni uno de los cientos de tópicos acerca de los hombres-lobo que todos los aficionados hemos visto, leído o tal vez imaginado. Ni siquiera la aparición de un correcto Hugo Weaving –encarnando al célebre inspector Abberlyne que ya persiguiera al mítico Jack el Destripador por Whitechapel- insufla aire fresco a la cosa. El giro es interesante, pero se queda sólo en eso, en mero quiebro de cintura.

Y es que los espectadores -sobre todo los viejos del circo- somos malos y estamos muy maleados. Tanto que ni el cluedo que se nos propone al comenzar la película cuaja en la misma medida que cuando ves a Anthony Hopkins haciendo de padre del tío que va a ser el hombre-lobo, ya sospechas que su papel no es meramente testimonial y que va a hacer y decir cosas con mucho peso dramático. Claro. Que ya lo sabes, que lo intuyes y que encima ocurre lo que te piensas que va a ocurrir.

El resto predecible… Que ser hombre-lobo es una cosa muy trágica; el bosque nocturno neblinoso; que sólo el amor puede redimir a la bestia; los ojos que se ponen amarillos en mitad de la transformación; que hay que zumbarle con unas balas de plata; que solo los gitanos saben lo que pasa; que los estúpidos hombres blancos son unos idiotas racistas que no se enteran absolutamente de nada; ni siquiera falta el psiquiatra tonto, ignorante y pagado de sí mismo que, obviamente, muere como un campeón… Ni un cliché de menos. Ni una idea de más.

Tampoco da miedo… Pero seamos sinceros: el hombre-lobo es un bicho anacrónico que ya no asusta ni a los niños de parvulario. Así, para reemplazar el inexistente terror por algo similar a la inquietud, lo que se sucede a lo largo del metraje son los sustos artificiosos –con mucho chimpún musical que toca los huevos una enormidad- hasta que llegan a resultar reiterativos y algo molestos. Quizá, más allá de pretender terrores imposibles, se haya perdido una buena oportunidad para actualizar al personaje y buscar elementos nuevos en su naturaleza, su tragedia, que residen implícitamente en la fábula pero que los guionistas, en su afán por construirnos el puñetero videojuego de siempre para ganarse el favor de la chavalería, no han sabido o querido explorar.

Eso sí, Biedma, amigo, aunque no aporta nada es preciosa a la vista. De tan bonita, quizá estomagante. Pero no basta. La gente salía del cine encogiéndose de hombros y sin comprender para qué se habían tomado la molestia de rodarla.

Para fanáticos.

lunes, 8 de febrero de 2010

PACIENTE CERO (I)


Y en horas perdidas se leyó enterito a Don Marcial Lafuente, por no ir tras su paso como un penitente.

Joan Manuel Serrat, ROMANCE DE CURRO “EL PALMO”



Juanito siempre fue un niño prodigio, tan inteligente, ordenado, obediente, solícito y eficaz en todo cuanto emprendía o se le asignaba que no pocos, comenzando por sus familiares más allegados, estaban convencidos de que si alguna vez existió un candidato a la santidad, nunca podría haber sido mejor muchacho que el bueno de Juanito. Era el gran proyecto. El bendecido por los hados de la genética que los sacaría a todos del ostracismo de una clase media malamente reconocida, aceptada a regañadientes.

Las alabanzas para Juanito. Y los mejores juguetes, la ropa más selecta, el cuarto más grande de la casa. Los caprichos más extravagantes porque todos sabían de sus excelencias excepto él mismo. Porque Juanito, desde que aprendió a reconocerse en el espejo, tuvo la certeza de que algo no iba bien en su cabeza. Quizá fuera la terrible sospecha de que tanta prebenda tuviera poco que ver con el amor y que le sería cobrada algún día. El agobio. El sentimiento de desprecio frente al servilismo. Sin embargo, supo ocultarse a los ojos del mundo y corresponder a sus allegados con un remedo de amor que, aunque siempre se negó a aceptarlo se destilaba en el alambique del más profundo desdén.

Sería por eso, porque el análisis de su recta andadura vital daba para escasa comprensión, que la psicóloga no podía dar crédito al informe de la masacre. Miraba la fría relación impresa en molde y luego, estupefacta, observaba a Juanito. Sus ojos oscilaban en largos giros de incredulidad. No podía ser que aquel chico hubiera podido cometer tamaña atrocidad… Porque el maravilloso chaval, el proyecto de genio, había masacrado a machetazos, en mitad de la noche, a toda la familia -gato incluido- sin venir a cuento, porque sí y pare usted de contar.

- Pero bueno Juan… –balbuceó la anonadada psicóloga-. ¿Qué te pasó?

- Llámeme Fear.

- Bien, Fear pues -. La mujer, acostumbrada a vérselas con toda clase de manías, le siguió la corriente. Es lo que se hace cuando lo relevante son las respuestas.

Fear sonrió de oreja a oreja. Angelical. Tan hermoso que cualquiera se lo habría llevado a su casa sin dudarlo. Luego arqueó las cejas pensativo. Y se decidió seguro de que aquella señora que le contemplaba con cara de boba no se enteraría de nada:

- Quería saber qué siente uno cuando hace el mal.

- ¿Y qué se siente?

- Cómprese un machete.



© del texto: Biedma & Francis P.

© de la ilustración: Tomás Giorello.

martes, 2 de febrero de 2010

A golpe de arteria

Afectísimo Francis, hoy tocan un par de alcances sobre vampiros con Cristina Macía.


Como ves arriba, los de la editorial Gigamesh han tenido la excelente idea de reeditar Sueño de Fevre, de George R. R. Martin, una de las mejores novelas de chupasangres que se hayan escrito, hace demasiados años descatalogada en nuestro país. Y han redondeado la jugada encargando una nueva traducción a Cristina, santo y seña del gremio, garantía absoluta de una faena impecable.
Me consta que hasta hace pocos meses, todavía andaba la Macía buscando viejos libros de navegación para asesorarse en su trabajo, porque es en esos escenarios donde se desarrolla la historia: En 1857, la cuenca del Misisipi bulle de actividad: los vapores señorean sus aguas en feroz competencia. Cuando Joshua York le ofrece sacar a flote su naviera a cambio de unas pocas condiciones, sencillas aunque misteriosas, el capitán Marsh ve realizado su sueño...



Para completar la entrada, querido amigo, como sé que el tema es muy de tu gusto y del de los que paran por aquí, mi amiga Cristina Macía y yo -más ella que yo- hemos pergeñado una lista, que no un ranking, de las novelas de vampiros que no deben faltar en la biblioteca nocturna de ningún aficionado; esperamos que para alguien sea de sangrienta utilidad.
- Drácula de Bram Stoker
- Carmilla de Sheridan Le Fanu
- Familia de vampiros de Alexei Tolstoi
- Sueño del Fevre de George R. R. Martin
- Dorada de Lucius Shepard
- Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist
- El misterio de Salem´s Lot de Stephen King
- Soy Leyenda de Richard Matheson

MI AMIGO JASON


Querido Biedma:

Me han contado los ancianos del territorio que en los años cincuenta nació un muchachito deforme cabezón y burro cuya única finalidad –el hilo rector de una existencia completamente absurda- era destripar, degollar, descuartizar, desangrar y triturar a todos los jóvenes campistas que decidían plantar la tienda en las inmediaciones del Crystal Lake. Al parecer, dicen los viejos, el germen de la desgracia se desencadenó en 1957. Por aquellos días una señora, Pamela Sue Vorhees, mandó a su retoño a pasar unos días al dichoso campamento del lago. Nunca se nos ha explicado, y presumo que sería ridículo tratar de averiguarlo, si todos los muchachitos que se aceptaba en tal campamento eran deformes de nacimiento, o si con él se hizo una singular excepción, o si es que simplemente se le retorció la cara a raíz de la desgracia, pero el hecho es que el niño, Jason, se ahogó entretanto los monitores –absortos ellos en sus cosas- se pegaban el lote, lengüetazo va, magreo viene, en la misma orilla jadeando sobre los gritos húmedos del mozo.

Imagínate, Biedma, el cabreo de doña Pamela. La buena mujer, presa de la ira, no sólo se apioló a los jodedores descuidados sino que también, durante casi veinte años, estuvo boicoteando todo intento de reapertura del dichoso campamento, ya fuera por la ley, ya haciéndolo pasar por embrujado, matando, envenenando el lago, quemando las cabañas o lo que fuera. Y tan bien se lo montó la tía que logró obstaculizar sin que la pillasen el funcionamiento de Crystal Lake –para fastidio de los negociantes locales- hasta 1979.

Entonces va a ser un tal Sean S. Cunningham el que se las ingenie para convencer al alcalde del lugar, reabrirlo, y rodar allí una peli que se tituló “Viernes 13” sin que nadie supiera por qué. También sería inútil tratar de averiguarlo, creo yo, pero el hecho es que la cinta de marras sería un completo éxito comercial. Allá se cuenta que la tal Pamela Vorhees se hace contratar entre el servicio del campamento y se lo monta para ir trillándose a todos los mocitos que visitan el lugar y que –fíjate- solo piensan en fenecer mientras chingan. Hay un toque puritano sospechoso en todo esto: los que más y mejor joden –vuelve a fijarte- siempre mueren los primeros. Los que echan polvitos tiernos de cuando en vez, en la línea del virginal uno o ninguno por año, casi siempre son los protagonistas que sobreviven a la ira asesina del malo. Moraleja: al campo no se va a practicar sexo sino a pescar y montar en canoa, y si te la machacas en exceso igual viene Jason y te la corta.

Bueno. El caso, amigo Biedma, es que al final de la peli la última superviviente, una moza rubita, con el pelo cortado a tazón y pinta de ursulina, que no enseña ni una mala teta en toda la cinta, consigue decapitar a la asesina Pamela… Y entonces ocurre lo sorprendente que nunca ha sido explicado por guionista alguno: Jason resucita de entre los muertos, o es que no estaba muerto y había vivido en el bosque como el niño salvaje de Aveyron, o vete tu a saber, pero el hecho es que retorna, reaparece o se transustancia y termina por cargarse también a la ursulina para comenzar su interminable venganza. Qué grande. Hace falta tener unos huevos como fundas de piano para cuadrar un guión de tal guisa, sin complejo alguno, rodarlo con un par, tener narices para montarlo… Y echarle valor para venderlo. Grandísimo.

Tan grande que Jason lleva desde 1979 –ciclicamente- volviendo para hacer taquitos a los campistas que se aproximan al lago de cristal. Muestra especial saña, como es lógico en todo asesino en serie guiri que se precie, si la víctima folla mucha y fuma canutos –o simplemente fuma-, y luego, paradójicamente, casi siempre tiene problemas para entendérselas con damiselas pulcras y virginales que sólo beben litines y huelen a incensario. Ante estas suele fracasar sin remisión e incluso terminar convertido en fosfatina.

Pero igual da. Jason es el fénix. Es el terror irracional. El sinsentido encarnado. Siempre vuelve por cualquier medio para aumentar el contaje macabro, para pelearse contra Freddy Kruger (vaya morro que tienen los de New Line) e incluso para ser congelado, resucitar trescientos años después y terminar en una nave espacial, en el más puro estilo burda copia de alien, machacando astronautas despistados antes de ¿morir? Pues tampoco. No porque Marcus Nispel arranca la máquina del tiempo y recomienza la saga con “Viernes 13 2009”. El eterno retorno. Sísifo.

Por supuesto, no hay forma de que nadie -ni tan siquiera los viejos chismosos- nos explique cómo todo esto es posible. Ni se entiende por qué este engendro, Jason Vorhees, el antihéroe de la máscara de hockey, se ha convertido en un mito intergeneracional que sigue llevando adolescentes ingenuos al cine al igual que nos llevó a nosotros. Supongo, amigo Biedma, que será porque Jason es deliciosamente absurdo, felizmente estúpido, tan tóntamente eficaz que no hay freak en el mundo que no tenga las películas para verlas –una vez cada tres o cuatro años, todas seguidas, en diversas sesiones- y alucinar con el mágico despropósito.

Qué tio mi amigo Jason.

¡Qué tío!