[Interesante asunto en el que aún estoy trabajando por sus singularidades y opacidades. Especialmente las relativas a la infancia y adolescencia de este angelito, que podría explicarnos mucho, pero que sorprendentemente desconocemos... Sin embargo, tanto por la violencia de sus actos por su impulso criminal incontrolado y rayano en el absurdo este caso guarda extrañas similitudes con el de otro asesino en serie anterior, pero de edad similar en el momento de cometer sus crímenes, Richard Ramírez. Si alguien tiene noticias al respecto de los detalles que desconzoco de esta historia, que me vaya contando. Gracias].
Todo criminal, como cualquier otro ser humano pues mal haremos en creernos distintos o diferentes, tiene sus propios héroes y modelos. Y, como es lógico, tales modelos solo pueden ser personas con las que comparten afición e interés… Si el niño que quiere ser futbolista adora a Messi o a Cristiano Ronaldo, al igual que la muchacha que quiere cantar se pirra por Madonna, será entonces normal que el mozo que sueña con ser asesino –y los hay aunque por suerte poquitos-, busque modelo e identificación entre los de su calaña. Así ocurre con Alexander Pichushkin, tristemente célebre como el Asesino del Martillo o el Asesino del Ajedrez, que nació el 9 de abril de 1974 en Mytishchi, cerca de Moscú, Rusia.
¿Cómo quiere un niño hacerse criminal sistemático? ¿Por qué se elige como vocación matar antes que ser astronauta o motociclista? No lo sabemos, y tampoco tenemos idea de si se trata de una enfermedad congénita, genética, aprendida o es una forma extravagante de posesión demoníaca. Esa es la verdad. Poco ha trascendido de la de infancia y vida familiar de Alexander Pichushkin que, aventuro, no hubo de ser agradable ni cómoda en el plano afectivo, pues resulta la norma en estos casos. Solamente nos han llegado dos detalles reconocidos públicamente por él mismo y que resultan extraordinariamente singulares y significativos: ya desde niño sintió una morbosa fascinación por la violencia y, en su juventud, se convirtió en un rendido admirador de Andrei Chikatilo, el archiconocido Carnicero de Rostov y quien fuera el asesino serie más famoso de la historia de la Unión Soviética.
Pichushkin empezó a matar durante sus estudios, en 1992, a los dieciocho años de edad. Tuvo un encontronazo con un compañero, con el que se disputaba el amor de una chica, y como buen sociópata de manual decidió que lo más coherente era quitarse al rival de en medio para siempre. A grandes males, grandes remedios. De modo que le empujó por una ventana y, entretanto el otro se hacía fosfatina al final de la caída, Alexander descubría dos cosas básicas que todo asesino en serie debe experimentar para progresar en su trabajo: que matar en la práctica es tan sencillo como en la teoría, y que le gusta. No nos engañemos. No es lo mismo ser criminal por necesidad y matar por obligación, o para salvar la vida, o porque no se encuentra otra salida, o porque le pagan a uno por ello, o por defender determinadas ideas, que matar por placer. En los primeros casos el asesino tiene que forjarse, formarse y convencerse. En el último basta tan solo con tener madera y ser atrevido.
El hecho es que a partir de este primer asesinato, que se saldó policialmente en la cuenta de los suicidios, Pichushkin, que madera y atrevimiento tenía como el que más, comenzó a perpetrar una serie de asesinatos que aterrorizaron a los moscovitas durante años y que fueron ampliamente seguidos por la prensa. No obstante las Autoridades, que para estos asuntos y en todas partes, a causa de ese paternalismo que nadie les pide, siempre andan algo duras de mollera, no reconocieron que aquellas muertes tan parecidas entre sí eran obra de un asesino en serie hasta varios años después, en 2001.
El modus operandi –que se dice técnicamente- de Pichushkin era tan sencillo como solo pueden serlo las cosas de la querencia. Que salen así, con naturalidad, y en esa simplicidad llevan adherida la eficacia. El objetivo prioritario del buen Alexander eran los mendigos que atestaban las calles de Moscú tras los rigores del fin del régimen comunista. Tipos anónimos que a nadie interesan y por los que nadie pregunta. Y se limitaba a invitarlos a beber cerveza o vodka, tarea para la que muchos indigentes siempre están bien dispuestos, a fin de emborracharlos. Posteriormente, los apartaba a un lugar poco frecuentado para finiquitarlos a martillazos.
A medida que la metodología de este inopinado matamendigos fue evolucionando, se atrevió a practicar con mujeres maduritas a las que cortejaba, citaba y asesinaba… Y, por cierto -al igual que cualquier otro asesino en serie que se precie se serlo-, según fue pasando el tiempo e iba saliendo impune de sus crímenes, también iba ganando confianza. Llegó de tal modo a la suprema osadía de engañar a alguno de sus compañeros del trabajo a los que también, compungido, invitaba a beber algo para posteriormente matarlos. ¿La excusa para aislarlos y liquidarlos? Alexander se inventó un perrito inexistente que, de manera oportuna, fallecía y le dejaba muy triste y necesitado de compañía. Pobre. Por la caridad, ya se sabe, a veces entra la peste… El hecho es que las víctimas aparecían casi siempre en el interior del Parque Bitsevski, o en sus inmediaciones, entorno que el criminal controlaba a la perfección.
El vocacional Pichushkin, que entonces trabajaba como empleado en un local de comestibles, fue arrestado el 16 de junio de 2006 en su vivienda de Moscú. Y precisamente por culpa de esos excesos de confianza que cometen los buenos profesionales y que, a veces, los catapultan al desastre: la policía encontró adherido al contestador automático del piso de una de sus víctimas femeninas un papelito con datos que la mujer había dejado a su hijo a fin de que supiera dónde se encontraba. Esta gente tan cuidadosa que siempre lo complica todo y que termina por desvelar el enigma sin enterarse: En el papelito –suponemos que uno de esos para notas, amarillo y con pegamento en un borde- rezaba el nombre completo de Pichushkin y su número de teléfono. Sólo había que sumar dos y dos para concluir que ese tipo debía ser una de las últimas, sino la última, personas que habían visto a la mujer con vida. Los agentes, pues, se presentaron en la puerta de Alexander Pichushkin, quien no ofreció resistencia y se limitó a confesarlo todo con radical escrupulosidad y ánimo bien templado.
Durante el pertinente registro de su casa, la policía encontró aquello que le valdría el novelesco apodo –por fin uno propio, para el solito- de Asesino del Ajedrez: Un tablero de tal juego en el que, con monedas y en un émulo de ábaco macabro, había ido tapando los escaques a medida que iba matando personas. De tal modo, el tablero tenía 61 casillas ocupadas. Su idea era la de rellenar los 64 escaques de que consta el tablero. Un juego provisional puesto que, a decir del propio Pichushkin, nunca había barajado la idea de parar. Matar le gustaba demasiado como para simplemente dejar las cosas estar. Por lo demás, aunque él siempre se ratificó en el testimonio de que había asesinado a aquellas 61 personas, la fiscalía solo encontró pruebas de los 49 asesinatos de los que fue finalmente acusado. Ergo hay tres opciones: O bien el criminal simplemente mintió, o bien hay todavía en Moscú doce casos de desaparecidos sin resolver, o, en último término, algún pobre desgraciado anda por ahí comiéndose por la cara alguno de los despropósitos de Alexander, el tipo que de niño quería ser asesino.
El juicio comenzaría el 10 de septiembre de 2007. Se le presentó aislado del público en el interior de un cubo blindado a fin de proteger su integridad física, tal y como sucediera en el caso de su héroe, Andrei Chikatilo, puesto que varios familiares de las víctimas le habían jurado venganza. Incluso sus vecinos le odiaban de tal modo que aseguraron que, si en algún momento eran capaces de echarle mano, le arrancarían las piernas. Casi nada. Debe ser que en el cielo reservan plaza para quienes matan a los que matan. O, quizá, que exista algún proceso psicológico perverso por el cual cuando matas a quien mata ya no puedas considerarte a ti mismo un asesino. Cuestión digna de estudio que nos llevaría al comienzo de este texto.
“Mi primer crimen –dijo Alexander al comenzar el juicio, quién sabe si para calmar a aquella horda furibunda o para enojarla aún más- fue como el primer amor: inolvidable. Aún no se han resuelto algunas cuestiones relacionadas con mi carácter y por ello hoy no voy a decir si soy o no culpable. Tampoco haré declaración alguna. Me sentía como el padre de todas estas personas puesto que fui yo el que les abrió la puerta del otro mundo. No maté a 49, maté a 61. Una vida si matar para mí es como una vida sin alimentos para ustedes. Debo decirles que salvaron la vida de muchas personas al atraparme, ya que nunca me hubiera detenido”. Posteriormente su abogado, Pavel Ivánnikov, indicó que el acusado se reconocía culpable de todos los crímenes cometidos entre 1992 y su detención, a mediados de 2006.
El hecho es que el 24 de octubre de 2007, Alexander Pichushkin fue declarado culpable de 48 asesinatos y tres tentativas de asesinato por el tribunal que le juzgó. Sería condenado a cadena perpetua, ya que Rusia adoptó una moratoria sobre la pena capital en 1996, y hoy se encuentra en prisión sin posibilidad –al menos en el presente- de conmutar su sentencia. No es un calco de la vida de su héroe, esa que siempre quiso vivir, pues Chikatilo fue ejecutado en su día de un tiro en la nuca.
Nada es perfecto.

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