Blog de contracorrección irreflexiva sobre antiquehaceres parartísticos

jueves, 28 de octubre de 2010

PACIENTE CERO (XIII)



Hay veces que los cambios llegan regular y lentamente, como las gotas de suero en el brazo de un enfermo terminal.

Otras veces son una tromba, un alud que lo transforma todo, y que nos impide discurrir y mucho menos reaccionar ante sus consecuencias.

Mila entró en su dormitorio procurando no deteriorar aquel extraño paquete sin  peso que le había entregado el descerebrado del jardinero en nombre de su padre. Por su ligereza, debía ser algo extremadamente frágil. Después de desenvolverlo con muchísimo cuidado, sólo tuvo en su mano una cajita blanca de cartón completamente vacía. En uno de los lados encontró la huella desvaída de un sello en el que aún se podía leer Residencia de Ancianos de Tomelloso. Parecía una de esas cajas que usaban en algunas instituciones para contener medicación evitando las marcas comerciales. Ni el paquete, ni el sello, ni la inscripción ni el pueblo tenían para ella significado alguno, así que la  dejó sobre la mesita de noche y, prescindiendo de la presencia de los asistentes al velatorio, se durmió; sus pesadillas la aguardaban, impacientes.


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Algo pasaba en el patio, los mayores trajinaban de un lado para otro, Fear tenía el sueño ligero. En lo que tardó en llegar al garaje, un policía se había plantado en la puerta impidiendo la entrada a los miembros de la familia y el servicio. Lo que fuera, había ocurrido en el cuartucho del jardinero, que junto al trastero y al garaje, integraban la enorme nave de una planta situada a unos metros del caserón. La rodeó hasta llegar a la ventana de Evaristo y lo vio allí, allí mismo: le habían ensartado la cabeza entre los barrotes de la reja, dejándose las orejas en el transcurso de la maniobra. Parecía vivo, aunque inconsciente. Un policía intentaba sacarlo de allí y el otro le aconsejaba que esperara a los bomberos, que al parecer ya iban en camino.

Desde su posición, Fear podía ver el interior de la pobrísima vivienda del jardinero, suciedad, y un solo adorno en la pared clavado con cuatro chinchetas: la foto polaroid de un cementerio; se parecía a las ilustraciones que había visto en un libro del camposanto de Colliure, el lugar donde enterraron a Antonio Machado; era curioso que recordara el lugar, teniendo en cuenta el desprecio que sentía por los poemas de ese tipo.

Fear no sabía por qué, pero comprendió que tenía que hacerse con la fotografía.

Hay veces  que los cambios nos llegan con la música atronadora de un pasacalles desfilando junto a nuestra casa.

Otras veces vienen dentro de una caja vacía.

© Biedma & Francis P.

martes, 26 de octubre de 2010

El humo en la botella en la Semana Gótica


Queridos, el próximo domingo, a las 17:00 horas, estaré conversando con mi amigo Fernando Marías acerca de
El humo en la botella,
dentro de los actos que se celebran a partir de hoy en la Semana Gótica de Madrid (Parque del Retiro, Casa de Vacas)
Si queréis uniros a la charla, estaremos encantados de teneros con nosotros.

martes, 19 de octubre de 2010

El hombre que mató a Durruti


Querido Francis, rompo mi silencio -que ya sabes lo pillado que estoy hasta final de mes- para celebrar la reedición de El hombre que mató a Durruti, la primera novela de nuestro hermano Pedro de Paz.

Digo y subrayo celebrar porque estamos hablando de una novela que, por avatares de nuestro absurdo panorama editorial, lleva largo tiempo descatalogada, a pesar de haber sido unánimemente aclamada por la crítica, fuera de alcance para los muchos lectores que deseábamos ansiosamente acceder a ella.

Te dejo con unas líneas sobre la obra extraídas de la web del autor:

Sinopsis

Barcelona, 1937. El comandante Fernández Durán, antiguo miembro del cuerpo de vigilancia de la Policía Gubernativa y actual comandante del ejercito republicano durante la guerra civil española, es requerido por sus superiores para una curiosa misión: investigar las oscuras circunstancias que rodearon la muerte de Buenaventura Durruti, líder anarquista fallecido en el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid en noviembre de 1936. Para ello se traslada a la capital en compañía de su ayudante, el teniente Alcázar donde, tras una serie de avatares, sus pesquisas le conducirán a una sorprendente conclusión.

Nota del autor Tras ocho meses redactando relatos breves a modo de entrenamiento, surgió éste, pensado inicialmente también como relato de reducida extensión. Los aspectos relacionados con la Guerra Civil Española me han fascinado desde siempre y de forma particular, la figura de Durruti. Tras dos meses en los que traté de recopilar la mayor documentación posible acerca del tema, me dispuse a escribir un relato breve en el que, de forma novelada, se expusiese todas las teorías acerca de la muerte del legendario anarquista, enhebradas a través de un hilo argumental de carácter policiaco que tratase de seguir a modo de homenaje los cánones del género y, en particular, el estilo desarrollado por Conan Doyle para dotar de vida a su insigne Sherlock. Una vez puse manos a la obra y debido a la ingente cantidad de documentación recogida e información acumulada, simplemente no pude parar, dando lugar así a mi primera novela (corta, pero novela al fin y al cabo). El texto fue escrito entre los meses de noviembre de 2002 y febrero de 2003 y presentado al I Certamen Internacional de Novela Corta "José Saramago" (2003), erigiendose en ganador por decisión unánime del jurado. Uno de los casos más estrafalarios y sorprendentes de mi vida. Con mi primera novela, me presento por primera vez a un concurso literario y lo gano. Algo querrá decir, supongo yo.

martes, 12 de octubre de 2010

PACIENTE CERO (XII)


Nunca se había caracterizado por su inteligencia el tal Evaristo.

El magín le había dado para poco más que arreglar jardines y limpiar piscinas siempre que los niveles de exigencia fueran bajos y los propietarios no pidieran peras al olmo. También se defendía decentemente con recados no muy complejos y trajinando chismorreos de acá para allá pues todos los recortes que las leyes de Mendel le habían dado a su mente, se los había adherido de mala forma a la lengua. No obstante, su fidelidad espartana, rayana en la obsesión, hacia el desaparecido padre de Mila siempre fue inquebrantable. Al fin y al cabo, si tenía un techo bajo el que guarecerse, una libreta de ahorros medio saneada y una vejez razonable a la vuelta de la esquina era gracias a los desvelos de ese hombre cuya ausencia nadie lloraba exceptuando al jardinero idiota. Aún releía con lágrimas en los ojos, noche tras noche, las viejas novelas de Marcial Lafuente Estefanía con las que el señor le enseñó a leer hacía lustros.

Pero el llanto y el recuerdo no iban a bastar para saldar las cuentas pendientes –bien lo sabía- y todavía tenía el tonto de Evaristo algo que hacer por su benefactor antes de largarse para siempre. La carta que llevaba años esperando había llegado tal y como le dijo el señor que llegaría la noche antes de desaparecer. De hecho, Evaristo permaneció todos aquellos años al pie del cañón, viviendo como si nada hubiera sucedido, para cumplir su función de resorte necesario en una maquinaria cuya función desconocía. Pasando por encima de las miradas compasivas de los ricos que le utilizaban como aliviadero de conciencia; por encima de la repugnancia visceral, atávica, que sentía hacia la señora de la casa.

Y con la carta, el final de todo. O el principio de algo. Su cortedad no alcanzaba a discernirlo con eficacia.

Aún no era mediodía y ya tenía hecha la maleta y puesto su único traje. El mismo traje de espiguilla que el señor le dio cuando la niña Mila hizo la primera comunión. A falta de ocasión apropiada no se lo había vuelto a poner desde entonces, pero los años de armario en aquella caseta húmeda que tenía por hogar lo habían ajado al punto que mostraba todo el aspecto de ser viejísimo. Y hedía a naftalina.

Desde el ventanuco de la chabola observó que la niña Mila cruzaba el jardín con paso lento. Llevaba un libro entre las manos. Ese libro de mierda del que no se despegaba ni un minuto y que, de alguna manera, Evaristo sabía que era la llave con la que ella había abierto de par en par las puertas de su perdición. Entonces se puso en pie de un salto y comenzó a hurgar en el bolsillo de la chaqueta desgastada.

En efecto, es la hora.

Ahora el limpiapiscinas, con ese gesto de tozuda determinación que sólo saben esbozar los oligofrénicos, sale del chamizo y se acerca a la chica regateando los chorros de los aspersores. La niña de sus ojos, el techo de sus deseos más oscuros e inconfesables. El cenit de sus delirios masturbatorios. Ya a su vera le hace llegar el paquetito envuelto un quinteto de palabras gangosas: “de parte de tu padre”. Luego, justo antes de esfumarse por el mismo sitio que ha llegado, mira de reojo hacia la ventana del primer piso, aquella desde la que ese muchacho nuevo, Fear, observa la escena, y en la cara del jardinero se dibuja una mueca de odio irracional, burdo, apenas discernible de su estupidez patológica y perenne. Aprieta los dientes hasta sentir dolor en las mandíbulas y penetra en la caseta.

Robina entonces, cerrando la puerta metálica tras de sí, que quizá le quede una cuenta personal que saldar antes de irse.

Mila, tal vez sorprendida, puede que aterrada ante el enigma, contempla estupefacta el paquetito cúbico que reposa sobre la palma de su mano.


© Del texto: Biedma & Francis P.